lunes, 5 de junio de 2017

HISTORIAS E HISTERIAS: CAPITULO II

CAPITULO II: 
JURANDO EN ARAMEO


Salí del coche e intenté un pequeño desperece, después de estar sentado seis horas, tenía el cuerpo de ''L'', que no de ''J''; pero no pude, mi nuevo casero se avalanzó sobre mí y me dio un abrazo.
Fue tal el abrazo que la columna vertebral me crujió, y es que mi nuevo casero era un señor muy burro. El típico agricultor con unas manazas que te podría agarrar la cabeza y arrancartela de la columna y usarla de balón de fútbol.

Salvador, así se llamaba, y bueno se llama, era un hombre típico y tópico, de la Castilla de los campos que habla muy rápido y que siempre va vestido con el mismo mono que usa para su trabajo. Bueno quiero suponer que tiene más, pero todos las veces que lo he visto, lleva el mismo modelo, un azul azulete que me recordaba a mi hermano en su época de mecánico.
Es raro que yo hable de mi hermano. Nunca he hablado de él porque nunca me ha dado motivos para hacerlo. Realmente mi hermano se puede resumir en una frase; él ni siente, ni padece.
Yo soy el mediano de una camada de tres: El; el mayor, la nena; la pequeña y yo, el mediano.
Los medianos somos los más sufridos porque los mayores por mayores y las pequeñas por pequeñas, ahi están los medianos para comerse toda la mierda.
El ojo derecho de mi padre era mi hermano mayor, mi madre tenía debilidad por mi hermana; pero yo mamé de todos. Aquí creo que estoy mintiendo porque sinceramente la relación que yo mantuve con mi madre no era la típica relación de un hijo y una madre; era mucho más. Mi madre siempre supo que mi hermana era débil, por eso, a mí me enseñó a ser madre, y padre, e hijo... su obsesión era que nunca me separara de mi hermana, que la cuidara, así que toda mi vida viví en un contínuo soborno emocional.
A todo esto, Salvador ya nos había provisto de dos cervecitas, y el mudancero casi que se la bebió sin respirar y se dirigió a mí para recordarme que quería descargar pronto porque su intención era volver a Barcelona.
Cuando abrió el gran furgón allí amaneció toda mi vida metida en un vehículo.
Deprimente, toda una vida metida en un furgón; entonces me acordé de mi bonita casa de Madrid y todo lo que allí perdí.
Como no quería herir más al corazón, intenté erigirme como jefe de la mudanza; pero fue harto imposible porque Salvador se subió al vehículo y empezó a bajar y bajar cosas, a mover esa cama de 1.50 con sus dos brazacos y vamos como que me hice un poco el remolón,
Tienes cara de cansado, me dijo, así que me obligó a sentarme en el único banco que había en la plaza y con mi cervecita me dediqué a ver el show de la mudanza.
No os he hablado del pueblo, pero el pueblo, pues es un pucblo que en invierno estará habitado por 15 habitantes, no más; aunque creo que censados con mi incorporación sumarían 61 personas.
El pueblo tiene su Ayuntamiento, y una fuente y cuatro calles; y la plaza de la Iglesia con la Iglesia incluida y, nada menos que del s. XV.
Enfrente de la Iglesia se erguía mi nuevo negocio que se componía, a saber, de una cafetería-bar de unos 25 metros cuadrados, un pequeño restaurante para 20 personas, una cocina bien equipada y detrás de todo eso, la casa donde yo iba a vivir que compartía un jardín con el restaurante y eso, mi pequeño estudio donde podría seguir soltando mi imaginación y jugar con el barro.
No hace mucho que empecé a jugar con el barro. Al principio, eran juegos pero luego me dí cuenta que el barro se mostraba gracioso entre mis manos y empecé a crear arte.
Me relajaban, esos momentos que me mojaba las manos, las hundía en el barro y dejaba que trabajaran, me transportaban a sitios idilícos, a no pensar, a padecer; simplemente era feliz.
En ese momento algo perturbó, mis pensamientos y mi evasión; algo que sonó como un zumbido.
Giré la cabeza y en al casa de enfrente de mi negocio, ví un albaricoquero; albaricoquero que estaba lleno de abejorros volando alrededor. Pero que contra, es que los abejorros, más que abejorros parecían gorriones de las exageradas dimensiones que tenían, y los zumbidos no eran tales, eran como graznidos.
Por Dios, luego me dí cuenta que en este pueblo todo era enorme; las manos de Salvador, los abejorros, y hasta los conejos de mi casero que más que conejos parecían ponis.
Mis sospechas se vieron corroboradas, cuando al levantarme del banco, debido al ataque de los abejorros-gorriones, ví en el suelo un araña que no era como las arañitas que yo estaba acostumbrado a ver, esta sin duda era la madre de Spider-Man. Me pregunté enseguida que como sería el padre.
En los escasos cinco pasos que separan el banco donde estaba sentado de la puerta de la cafetería, me fui mentalizado a que desde ahora debería de aprender a convivir con bichos, y que los bichos aquí campan a sus anchas y son muy grandes.
Abrí la puerta de la cafetería, la cerré a mis espaldas y me apoyé sobre la puerta.
Ahí estaba, casi hice la intención de santiguarme porque como esto no funcionara, no me quedaba nada más. Hice lo que hice, capitalizar el paro para meterme en  esta aventura y el barro no da dinero para vivir.
Buena sensación tenía. Además a mí me dan sensaciones, es algo que heredé de mi madre.
No os asustéis porque cuando cuento esto la gente me mira de arriba abajo, con ojos ojipláticos y con ganas de lanzarme a la hoguera. No lo sé explicar pero es verdad, me dan sensaciones, ''reflús'' que yo digo. Veo a alguien y se de que pie cojea, habló con alguien y se si padece, yo mismo se de mi mismo cosas que nunca os podríais imaginar. Así que siendo sincero, esto me daba buenos reflús.
En eso salió corriendo cual alma que lleva el diablo y desde la cocina, la mujer de Salvador que ya la conocía por las veces que antes había venido a ver el negocio.
Otra cosa, aquí a parte de tener los abejorros más gordos del mundo, todos tienen una característica en la forma de hablar, y es que hablan con un tono de voz muy elevado.
Así que mientras se acercaba a mí corriendo con intención de besarme y pronunciando mi nombre con ese tono de voz con varios decibelios de más, mis oídos chirriaron.
Me planto dos besos de esos sonoros, caracoleros que los llamo yo, y enseguida me agarró de la mano para llevarme a la parte donde yo iba a vivir.
Nada más traspasar el umbral de la puerta, me miró y me dijo que aspirara porque había tenido el detalle de adornar el mueble de la entrada con un ramo de flores frescas y, por la pinta, recien cogidas del campo.
Por agradecer su detalle, acerqué mi narizota al ramo y grité en plan aullido un ''mmmmmmm'' y una cara de agradecimiento que quitaba el hipo.
Espero que olieran bien porque claro, yo no huelo, si, como oís; no huelo.
La única secuela que me quedó de eso que algún día os contaré es que perdí el olfato, y con ello, también el gusto.
Vamos que a mí todo me huele igual desde una cloaca a una rosa, y como no huelo, pues cuando como, todo me sabe igual.
Algunos íntimos me animaban diciendo eso de que, ''para lo que hay que oler''; pero, no me consolaba.
La verdad que la médica que me atendió, tenía razón y poco a poco voy oliendo. Me viene a ráfagas pero son olores que no puedo asimilar con los olores que normalmente había sentido.
En fin, como yo a todo le saco su lado positivo, pensé que si el negocio no me funcionaba podría acabar en el circo como ''el hombre que lo huele todo y ni se inmuta'', lo mismo hasta me forro.
A todo esto, el mudancero ya había terminado la operación descarga, y la puerta del bar se abrió y apareció ella, Alba, la persona que me ayudaría en la cocina y en la barra.
En un momento se me acumuló la faena, besos por aquí, despedidas por allá y un pasillo lleno de cajas con cosas, cosas, sólo cosas.
Mientras miraba el panorama que me esperaba, Alba, se acercó a mi oido, eso si que me funciona y me susurró en un tono normal, algo que me hizo sonreir.
Solté unas de mis sonoras carcajas acompañada de mis típicos juramentos en arameo; y es que yo soy muy palabrotero y, a veces, me cago en Dios.
Vale ya sé que no debería hacerlo, pero a la clase trabajadora y autónoma se nos debería permitir jurar en vano.

Continuará ...


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