viernes, 14 de agosto de 2015

2015: EL FINAL DE UN REPASO Y EL COMIENZO DE UN LIBRO

Estas letras las escribí en Ciao.es en este año. Es el final a un repaso que he querido hacer de 500 opiniones escritas en esa página.... pero es el comienzo de un LIBRO.

Pues síyo escribí un libro.
La verdad que eso de la escritura me gustaba mucho, escribí algunas cosas bajo el pseudónimo de Hugo Neyda, algunas bastantes interesantes.
Pero bueno ahora ese ansía de escribir la tengo a flor de piel y todo gracias a una embolia.
Os cuento esto pero no para provocar tristeza pero ya que me desnudo, que sea lo más comentado después del desnudo de Demi Moore.
Hace ya dos años y medio sufrí una embolia, y casi la espicho, vamos que estuve a unos metros deL FOSO. Parece ser que Dios decidió que me quedara en la Tierra y eso me mosqueó porque !qué pasa, que no me quería en el cielo!. Al infierno sabía que no iba a ir porque el demonio se lleva muy mal conmigo.
Así que me quede en la Tierraeso sí luchando mucho. A todos los que estéis con problemas de salud, por favor, mucha fuerza, muchas ganas y mucha convicción.
Esa enfermedad produjo en mí un cambio total en mi vida, resultó, sin ninguna duda, que volvía a nacer.

Entre algunas secuelas que padecí, una fue el insomnio; así que para no aburrirme empecé a escribir. Ahi fue donde descubrí Ciao.es; una página donde se escriben opiniones de productos;  y ahí empecé a escribir intercalando con un libro que contaba mi vida; así como suena desde que me dió la embolia hasta ahora.
 fue un volver a empezar de nuevo.

Lo cuento todo, lo digo todo, y no me duelen prendas en reconocer mis errores y aciertos.
El libro lo titulé LOS DESTERRADOS HIJOS DE EVA.
Los que lo han leido que son mi hermana, mi sobrina, una gran amiga y la persona que lo tiene en su cajón coinciden en decir que en algunos párrafos no pudieron reprimir el llanto.
Eso no me gusta, no era mi intención ni dar pena; ni hacer llorar, pero parece ser que ha quedado una obra con muchas añoranzas, muchas decepciones y algún que otro fracaso.
Pero ha sido una parte de mi vida, la más importante y aquí estoy para poder contarlo.
He pensado que como agradecimento a todos vosotros y vosotras que me honráis con vuestras lecturas y, en especial a todos los que me seguisteis en Ciao.es, quiero compartir las primeras letras de eso que escribí en muchas noches en las que verdaderamente no dormía por temor a la muerte.
No quiero morir dormidoquiero morir disfrutando del solaunque se que la luna es mi aliada.


Copyright © Dino Lupani (Italy)-www.dinolupani.com


"Los desterrados hijos de Eva" empieza así:
Julio2012
Supongo que esa fecha nunca la olvidaré, era el día de la Inauguración de los Juegos Olímpicos de Londres y a las tres de la tarde me encontraba en la puerta del Hospital Jimenez Diaz de Madrid, mi ciudad, la ciudad que me había acogido durante trece años; la ciudad que nunca me falló.
La puerta se abrió porque entraba y salía gente y yo estaba allí con Lola, Nieves y María, las enfermeras de la sexta planta del hospital que me cuidaron hasta la extenuación durante 27 días, demasiados largos para mí.
Sinceramente estaba cagado de miedo pero contento, me habían dado el alta y eso significaba que vivía pero el mundo se cernía pertubador detrás del umbral de esa puerta.
- Bueno chicas que me voy, les dije.
Lola enseguida agarró la conversación, ella era una experta en el verbo como buena monja enfermera:
- Tienes nuestros teléfonos, y llevas los partes de citas en la documentación que te hemos dado.
- Madre que no soy tonto, y creo que no me he quedado tonto.
El resto no hablaba, me miraba y atisbaba cierto lagrimeo en sus ojos, lagrimeo que no me gustaba porque yo cuando veo llorar, lloro.
- ¿Vienen a recogerte?
- Seguro que no, respondieron el resto a la vez.
No avisé a nadie, de nuevo quería pasar mi particular sufrimiento sólo.
- Coge un taxi, mejor.
- No, quiero ir andando, después de tanto tiempo en cama quiero estirar las piernas.
Lo único que anduve en esos días eran los 59 pasos de ese pasillo de la sexta planta.
- Venga me voy.
Todas me abrazaron, la verdad que nos fundimos en un abrazo que desplegó mucho calor y es que siempre he necesitado el calor humano y algo me había quedado claro en esos días de hospicio.... El niño que llevaba dentro no había crecido.
Y atravesé la puerta mientras la monja enfermera y el resto del equipo, me gritaban piropos que me hicieron hasta sentir un tío bueno, a pesar de que mi faz estaba demacrada y que cogí cierto color gris de los tubos fluorescentes.
Anduve y anduve, dirigiendo mis pasos a la Gran Vía; quería sentir a la gente aunque cada 59 pasos me paraba para sentarme. Mi cuerpo estaba resentido en exceso.
Tardé hora y media en llegar a Callao, mientras miraba a la gente que me rodeaba, gente que no conocía de nada pero que desprendían vida, esa vida a la que me agarré como un niño se agarra por las noches a su osito de peluche.
Después de dos horas y media llegué a las puertas del "Congreso de los Diputados" y mi casa ya estaba cerca. Ya sentía los efectos de eso que me pasó, cansancio, mucho cansancio, pesadez en las piernas y ese dolor en el costado izquierdo que era como una punzada que, de vez en cuando, me recordaba que un día vi a la muerte. Y ver la cara a la muerte da miedo; pero imprime carácter.
El asunto es que no me apetecía llegar a casa y estar solo. Paré en una cabina porque mi móvil se perdió en uno de mis múltiples cambios de habitación y marqué el teléfono de Belén:
- Hola nena, soy yo.
- Ramón, ¿donde estas?
- Pues ahora enfrente del Congreso y tú.
- Estoy en Mostoles en casa de mi hermana, me podrías haber llamado antes.
El resto de la conversación no tuvo ninguna importancia y es verdad, podría haberla llamado antes, pero también es cierto que cuando a ella la abandonó su marido, yo tardé "cero coma" en llegar a su casa. Todo apuntaba a que vería sólo la Inauguración de las Olimpiadas.
Llegué a la puerta de casa, entré corriendo; no quería ver a ningún vecino ni dar explicaciones y esas cosas.
La casa seguía igual que quedó ese lunes y en la mesilla seguía ese paquete de Fortuna con 19 cigarrillos.
Lo cogí y tiré uno a uno por el inodoro, sin piedad, sin miramiento, sin rencor, sin ira, y lo mejor, no tenía mono.
Estas eran las nuevas normas, nada de fumar, nada de beber, ejercicio, anda veinte minutos al día, verduras, nada de sal, nada de fritos y bueno, creo que por el momento follar tampoco y no, por prescripción facultativa.
Una de las secuelas, si lo confieso, fue que desde ese día mi hermano menor no despertaba. El médico decía que era lógico y que no me preocupara, que algún día mi hermano menor volvería a ser lo que era, aunque sinceramente mi cuerpo no estaba para erecciones.
Me senté en el sofá y organicé todo el arsenal de medicación que tenía que tomar desde la pastillita para la tensión hasta el maldito Sintrom, esa droga que cada vez que entraba en mi cuerpo me descomponía.
Y las inyecciones, la eparina que me salvó la vida, creo. Curioso yo que odiaba las agujas me había convertido en un perfecto bandillero.
No tardé nada en subir a mi habitación, vivía en un piso muy cuco en el Barrio de las Letras de esos en forma de loft con una naya donde tenía mi dormitorio.
Cuando me desnudé y me ví en el espejo, me dí asco, aunque una sonrisilla recorrió mi cara al ver los rodales sin pelos en mi pecho para que las ventosas de los cárdios pegaran bien.
- Se acabo a partir de ahora, me depilo.
Mis brazos llenos de moratones, cual adicto a la heroína; de las múltiples veces y veces que me sacaron sangre, y mi barriga plagada de marcas por el efecto de la eparina, ese era mi cuerpo.
Mire a mi hermano menor y le dije:
- Vamos que no estamos para trotes.
No ví la famosa Inauguración de los Juegos Olímpicos, me quedé dormido, no sin antes ingerir la dosis de pastilleo correspondiente.
A partir de entonces, iba a ser un hombre pegado a una pastilla; bueno a varias; y como Scarlett O'Hara yo también me dije eso de.... lo pensaré mañana.
Tenía muchas cosas que pensar.
..........................................................................
Y en el libro sigue y cuenta la historia de esa persona que debe empezar de cero.
Muchas historias se suscitan a su alrededor y mucha vida que creo que sería la moraleja que me gustaría que quedara.
Mucha lucha, lucha que ha tenido su recompensa.
Ahora estoy bien, no me ha quedado ninguna secuela y de tener que tomar ocho pastillas diarias ahora tomo tres.
Yo he tenido suerte y es la suerte que deseo a toda la gente que por distintas circunstancias tienen que luchar por vivir.
Animo y no desfallezcáis nunca, que no me entere yo.
Por eso gracias a vosotros y vosotras también porque una parte de ese libro la pasé hablando aquí de música, de cine, de cremas; de muchas cosas y leyendo vuestros comentarios, siempre me dan vida.
Aqui dejo esto.
FIN.
Por cierto, gracias a Dino Lupani por la foto que adorna estas letras.... y el libro....

CONTINUARÁ

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