domingo, 15 de marzo de 2015

Alguien entró en el nido del cuco.


Perdió la verguenza muy rápido, tan rápido como perdió su virginidad.
Pensaba a veces, eso que sus amigas le dijeron; pero a ella no le dolió; al revés, ese dolor intenso que sintió cuando él la penetró de esa forma brusca pero excitante; enseguida se transformó, en doloroso placer que la llevó al orgasmo.
Y no sólo uno
Los hombres son machistas, pensó.
No le gustó que él la dijera que estaba muy corrida, y, menos cuando le dijo que sabía mucho y que conseguía todo lo que se planteaba.
Los hombres son tontos, pensó; si gozan para qué critican.
Folla y calla.
No se planteaba que todos pensaran que era una puta porque no cobraba, lo hacía gratis y por amor al arte, con el propósito de gozar.
Sólo eso, gozar.
Cada polvo para ella era un nueva aventura, le gustaba experimentar con todo. Hasta hace poco, no entendía a esa gente que gozaba con los golpes, pero después de la tarde de ayer, cuando él se volvió loco con los cachetes en el culo, se planteó en darle una correa.
Hoy era distinto, necesitaba cariño, por eso, él decía que ella era perfecta por las muchas personalidades que podía asumir dentro de la cama.
Cada coito para ella era una aventura y para él una forma de sacar la bestia que llevaba dentro.
Le esperó con las piernas abiertas.
Se había terminado de depilar y su sexo se abría como una fruta madura.
Pocas palabras, entró, se desnudó y la montó.
Como siempre lo hacía, al principio despacito, luego fuerte, alternando y sorprendiendo con esas embestidas de toro bravo.
Era su semental.
Se paró el mundo. 
Ella notaba que él quería llegar al climax, así que apretó su clítoris, como si quisiera que el líquido elemento la llenara.
La besó con pasión, casi vileza y le pidió algo nuevo.
Ella mojó dos de sus dedos de la mano, y lo hizo.
El nunca gozó tanto.

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