domingo, 19 de octubre de 2014

DE GENERACION EN GENERACION.

Mi nombre es José Ramón, aunque todo el que me quiere me llama Jose, sin acento en la -e.

Nací un 14 de marzo, mis padres no se calentaron mucho la cabeza, me iban a llamar Ramón en honor a mi abuela, mi yaya que se llamaba Ramona.


Ella que siempre ha sido linda, suplicó a mi madre que no me pusieran Ramón porque decía que su nombre no era bonito. Mi madre le hizo casi caso, así que decidió ponerme antes Jose en honor al padre de Jesús y que su festividad era el 19 de marzo, así lo podría celebrar todo a la vez.... yo nunca celebré mi santo.

Mi yaya Ramona nunca me llamó Ramón, ella siempre me llamo Jose y nuestra complicidad fue creciendo con los años hasta tal punto que mi madre llegó a cogerle celos.

Os lo juro Ramona era mágica, no diría que bruja pero si es cierto que tenía algo en su mirada y en su tacto que te electificaba.

De sangre almeriense dominaba la copla, tenía su punto, a parte de una voz muy agradable a los oidos. Dominaba a Concha Piquer y Juanita Reina.

Ramona era única tocando el pelo, era única arrascando la espalda, era única cantando nanas y era única contando CUENTOS.

Muchos son los que me han quedado en la mente porque ella nos lo repetía hasta la saciedad, decía que esas cosas no se deberían de perder.

Me acuerdo de ese que decía......


                                                             
                                                                                         Cierto día el Hada Azul, 
                                                                                           quiso a la tierra bajar
y se mandó preparar

su gran carroza de tul.

Diciendo: "A cada mujer
de las diversas naciones,
les voy a dar tantos dones
como pueda conceder".


Bajó aquí sin dilación,

tocó su cuerno amarante

y acudieron al instante
una de cada nación.


Llamó y dijo a la italiana:

Tú tendrás ardientes ojos...

y tendrás labios tan rojos
que parecerán de grana.


Por tu cutis sonrosado,

dijo a la inglesa, serás

entre todas las demás
un tesoro codiciado.


Por tus nacarados dientes

le dijo a la austriaca luego,

verás quemar en el fuego
de amor a tus pretendientes.


A la mujer parisina

le dio una distinción,

ingenio, corrección...
y hasta corazón también.


Y así fue haciendo lo mismo

pródiga con todas ellas,

repartiendo entre las bellas;
a una sentimentalismo,
a otra ingenio, a otra blancura,
a otra claro entendimiento,
a esa otra un alma pura...


Así acabó sus dones,

que entre todas repartió,

cuando al terminar salió
de entre todas las naciones
una gallarda manola
muy joven, casi chiquilla,
que lucía una mantilla
de rica blonda española,
y que acercándose al Hada,
ruborosa dijo así:
Según veo para mí
no me habéis dejado nada.


Quedóse el hada un momento

suspensa de admiración

y fijando su atención en ella,
con acento dijo luego:
¿Tú qué quieres
que yo te pueda otorgar?
¿Tienes algo que envidiar
a todas estas mujeres?
¿No tienes el pelo acaso
abundante, negro, hermoso?
¿No tienes el porte airoso?
¿No hay en tu mirada clara,
rayos de sol que fascina?
¿No es tu sonrisa divina?
¿No es bellísima tu cara?
Entonces, ¿qué quieres?, di
si aún juntando a todas ellas,
resultan menos bellas que tú.


¿Qué buscas aquí?

Sin embargo, dijo el Hada:

yo no quiero que al marcharte
tengas porqué lamentarte
de que no te he dado nada.


Y mirando a la manola

dijo alzando más el tono:

¡A ver, que traigan un trono
a la mujer española!

Este es un poema de Rosa Denia y seguirá grabado en mi mente y pasará de GENERACION EN GENERACION.

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