martes, 16 de septiembre de 2014

PONGAMOS QUE HABLO DE MADRID.

Digamos que hace trece años y por motivos de trabajo me trasladé a Madrid.

Ni me inmuté, alquilé una furgoneta y con la ayuda de mi amigo Ginés trasladé algunas pocas cosas para allá.

En un principio alquilé una casa deprisa y corriendo en la Avenida de los Toreros que allá en su época me costaba 60.000 pesetas de las pesetas de antes, las rubias.

Fue cuando verdaderamente empecé a entender la diferencia entre pequño y grande, el ver Barrio Sesamo no me sirvió para nada. La casa, si se puede llamar casa, era pequeña; muy pequeña.

En esa casa también entendí el concepto grande, me dí cuenta que Madrid era grande y que Alicante era pequeño. Empecé a encontrar muchas cosas grandes.

Encima me resfrié la primera semana y me quedé sin butano, así que también me dí cuenta que no sabía donde estaba la farmacia ni cómo compraba una bombona de butano.

Hice mi primera locura, ese fin de semana de visita a Alicante vine cargado con la bombona de butno vacía, la compré en Alicante y me la lleve llena a Madrid.

Mi traslado era por un año y me quedé trece; y podría haber estado más pero una embolia me jodió la vida.

Madrid me trató bien, muy bien. Allí me enamoré y me desenamoré, descubrí el arte, el teatro, el cine por la mañana y las distancias largas.....y alguna que otra distancia corta.

Profesionalmente conseguí más de lo que esperaba y personalmente conseguí menos de lo que soñé.

Conocí a mucha gente y me encantaba salir sólo. Madrid tiene la fuerza suficiente como para nunca sentirse sólo.

Descubrí las largas caminatas domingueras y me encantaba perderme por el Madrid de los Austrias.

Nunca me sentí solo, e intenté hacer raíces, me compré un piso.

Viví en el Barrio de las Letras y desde allí dominaba toda la ciudad.

Nunca olvidaré mis cafés de los domingos en la plaza que hay al lado del Ministerio de Sanidad y comer en algun sitio de Gran Vía.

La Gran Vía me daba vida pero sobre todo, fue el Retiro el sitio que me adoptó después de que me diera la embolia.

Gustaba de sentarme en el lago al final, en la parte derecha y escuchaba a un violinista que siempre tocaba las mismas canciones.

Me perdía por sus parterres como ocultándome de una enfermedad que casi me mina.

Yo que no soy religioso, un dia paré en la Iglesia del Cristo de Medinaceli y le miré a la cara y no pude reprimir el instinto de preguntarle por qué a mí.

Para los curisosos, que sepáis que nunca me respondió..... siempre se ha quedado mudo, supongo que por qué en definitiva, es de madera.

Una vez me preguntaron que es lo que más me gustó y siempre diré y digo que el día que fui a la ópera, creo que tuve incluso un pequeño orgasmo y todo.

Y el Palacio Real y la Puerta de Alcalá, la de mirala, mirala..... y la miraba. Y lo más; el Reina Sofía, es decir, el Museo y el Guernika y Sorolla, la luz.

No se si volveré, ahora creo que quiero envejecer en un sitio pequeño.

Eso sí, nunca te olvidaré..... me rozaste el corazón y la herida no ha sanado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario