lunes, 12 de mayo de 2014

LOS DESTERRADOS HIJOS DE EVA

EL PROLOGO: Los ángeles no tienen sexo, ¿verdad?


Fue curioso pero cierto,
los ángeles no tienen sexo, verdad?
Un ángel me visitó en una noche.

Creí que era un sueño pero no,
lo sentí sobre mí, cerca tan cerca,
como a menos de un palmo de mi cara.
Me miraba, me tocó, creo que hasta me acarició.

Desplegó sus alas y ocupaban toda la habitación
y me tapó con ellas porque tenía frío y así,
estuve toda la noche.

Algo me perturbó y desperté,
y ahí seguía el ángel a mi lado mirándome.
¿Qué miras? Le dije; a ti, me respondió.
No me sorprendió incluso me halagó.

Plegó sus alas, y salió de la habitación
y una incertidumbre vagó en mi alma;
así que le seguí.

Cuando salí al pasillo, se dio la vuelta,
me miró y con sus ojos me dijo:
No me sigas, no es tu hora.
No le entendí, no le quería entender.

Volví a mi cama y la incertidumbre
se convirtió en desazón por qué era un ángel
o era la muerte disfrazada de ser alado.

Desperté húmedo, un sudor frío recorría
todo mi cuerpo pero no le hice caso;
olvidé y me moví.

Media hora duré.

Ese sudor frío se transformó en dolor
y mi cuerpo se desplomó....
Entonces le volví a ver.

Me besó y de nuevo me repitió:
No es tu hora, no es tu hora, despierta y vive.
Y desperté y por el momento, vivo que no es poco.

Los ángeles no tiene sexo, verdad?... o sí.

No me importa porque yo puedo decir
que un día vi a la muerte vestida de ángel ….
nunca te olvidaré.

Julio, 2012

Supongo que esa fecha nunca la olvidaré, era el día de la Inauguración de los Juegos Olímpicos de Londres y a las tres de la tarde me encontraba en la puerta del Hospital Jimenez Diaz de Madrid, mi ciudad, la ciudad que me había acogido durante trece años; la ciudad que nunca me falló.

La puerta se abrió porque entraba y salía gente y yo estaba allí con Lola, Nieves y María, las enfermeras de la sexta planta del hospital que me cuidaron hasta la extenuación durante 27 días.

Sinceramente estaba cagado de miedo pero contento, me habían dado el alta y eso significaba que vivía pero el mundo se cernía pertubador detrás del umbral de esa puerta.

- Bueno chicas que me voy, les dije.

Lola enseguida agarró la conversación, ella era una experta en el verbo como buena monja enfermera:

- Tienes nuestros teléfonos, y llevas los partes de citas en la documentación que te hemos dado.
Madre que no soy tonto, y creo que no me he quedado tonto.

El resto no hablaba, me miraba y atisbaba cierto lagrimeo en sus ojos, lagrimeo que no me gustaba porque yo cuando veo llorar, lloro.

- ¿Vienen a recogerte?
- Seguro que no, respondieron el resto a la vez.

No avisé a nadie, de nuevo quería pasar mi particular sufrimiento sólo.

- Coge un taxi, mejor.
No, quiero ir andando, después de tanto tiempo en cama quiero estirar las piernas.

Lo único que ande en esos días eran los 59 pasos de ese pasillo de la sexta planta.

- Venga me voy.

Todas me abrazaron, la verdad que nos fundimos en un abrazo que desplegó mucho calor y es que siempre he necesitado el calor humano y algo me había quedado claro en esos días de hospicio.... El niño que llevaba dentro no había crecido.

Y atravesé la puerta mientras la monja enfermera y el resto del equipo, me gritaban piropos que me hicieron hasta sentir un tío bueno, a pesar de que mi faz estaba demacrada y que cogí cierto color gris de los tubos fluorescentes.

Ande  y ande, dirigiendo mis pasos a la Gran Vía quería sentir a la gente aunque cada 59 pasos me paraba para sentarme.

Tardé hora y media en llegar a Callao, mientras miraba a la gente que me rodeaba, gente que no conocía de nada pero que desprendían vida, esa vida a la que me agarré como un niño se agarra por las noches a su osito de peluche.

Después de dos horas y media llegué a las puertas de Congreso de los Diputados y mi casa estaba cerca. Ya sentía los efectos de eso que me pasó, cansancio, mucho cansancio, pesadez en las piernas y ese dolor en el costado izquierdo que era como una punzada que de vez en cuando, me recordaba que un día vi a la muerte.

El asunto es que no me apetecía llegar a casa y estar solo. Paré en una cabina porque mi móvil se perdió en uno de mis múltiples cambios de habitación y marqué el teléfono de Belén:

- Hola nena soy yo.
Ramón, ¿donde estas?
Pues ahora enfrente del Congreso y tú.
Estoy en Mosto les en casa de mi hermana, me podrías haber llamado antes.

El resto de la conversación no tuvo ninguna importancia y es verdad podría haberla llamado antes, pero también es cierto que cuando a ella la abandonó su marido, yo tardé cero coma en llegar a su casa. Todo apuntaba a que vería sólo la Inauguración de las Olimpiadas.

Llegué a la puerta de casa, entré corriendo, no quería ver a ningún vecino ni dar explicaciones y esas cosas.

La casa seguía igual que quedó ese lunes y en la mesilla seguía ese paquete de Fortuna con 19 cigarrillos.

Lo cogí y tiré uno a uno por el water, sin piedad, sin miramiento, sin rencor, sin ira, y lo mejor no tenía mono.

Estas eran las nuevas normas, nada de fumar, nada de beber, ejercicio, anda veinte minutos al día, verduras, nada de sal, nada de fritos y bueno, creo que por el momento follar tampoco y no, por prescripción facultativa.

Una de las secuelas, si lo confieso, fue que desde ese día mi hermano menor no despertaba. El médico decía que era lógico y que no me preocupara, que algún día mi hermano menor volvería a ser lo que era, aunque sinceramente mi cuerpo no estaba para erecciones.

Me senté en el sofá y organicé todo el arsenal de medicación que tenía que tomar desde la pastillita para la tensión hasta el maldito Sintrom, esa droga que cada vez que entraba en mi cuerpo me descomponía.

Y las inyecciones, la eparina que me salvó la vida creo. Curioso yo que odiaba las agujas me había convertido en un perfecto bandillero.

No tardé nada en subir a mi habitación, vivía en un piso muy cuco en el Barrio de las Letras de esos en forma de loft con una naya donde tenía mi dormitorio.

Cuando me desnudé y me ví en el espejo, me dí asco, aunque una sonrisilla recorrió mi cara al ver los rodales sin pelos en mi pecho para que las ventosas de los cárdios pegaran bien.

- Se acabo a partir de ahora me depilo.

Mis brazos llenos de moratones cual adicto a la heroína; de las múltiples veces y veces que me sacaron sangre, y mi barriga plagada de marcas por el efecto de la eparina.

Mire a mi hermano menor y le dije:

- Vamos que no estamos para trotes.

No ví la famosa Inauguración de los Juegos Olímpicos, me quedé dormido, no sin antes ingerir la dosis de pastilleo correspondiente.

A partir de entonces, iba a ser un hombre pegado a una pastilla; bueno a varias; y como Scarlett O'Hara yo también me dije eso de.... lo pensaré mañana.

Tenía muchas cosas que pensar.

3 comentarios:

  1. Lo releo por tercera vez. Y casi hasta puedo ver tu paseo por las calles de mi ciudad guapa, el sol cayendo a plomo y empolvando las esquinas. Puedo sentir tu soledad, ese pequeño desamparo que me ha hecho un agujerito en el alma. Pero estás aquí y eso es lo que importa. Mil besos.

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  2. Lo había leído, , pero esta vez al releerlo yo sabes que siempre de lo más negro saco petroleo, jajajajaja , he recordado una vivencia que debo plasmar, tu me has dado la idea, sabes que tu forma de escribir la veo tan cercana, tan humana y con ese toque siempre de humor que valoro sobremanera

    Un abrazote

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  3. Desde ese julio de 2012 has pensado muchas cosas, casi tantas como las que habrás hecho, eso es lo mejor.

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