sábado, 17 de mayo de 2014

CAPITULO I: LOS DESTERRADOS HIJOS DE EVA

EL PREVIO AL GÉNESIS.

¿Qué hace un mortal al día siguiente de su alta hospitalaria?

Levantarse cagado de miedo, prepararse un descafeinado y preparar las seis pastillas que tenía que engullir mi cuerpo. Ahí es la primera vez que echas de menos el no estar hospitalizado.

Había que ir al médico y solucionar el problema del móvil, vamos comprar uno que lo perdí en un cambio de habitación. Salí pitando de casa como si hubiera robado, además vestido de camuflaje, con gorra y gafas, parecía que quería que nadie me conociera.

Fui directo a El Corte Inglés, compré la blackberry, cambié la tarjeta y salí pitando al médico. Ahora debía preparar la coartada, es decir, cómo decirle a mi familia que no había estado 27 días de vacaciones en la sierra que había tenido una embolia y que no quería que se enteraran.

Por supuesto, la primera llamada fue a Vanesa, mi secretaria, la pobre sufridora, la que había aguantado las iras de mi jefe por culpa de mi convalecencia.

Fui breve, un nena estoy bien, no te preocupes. Ella lo fue más, nene esto es un infierno. Y lo era. Ese trabajo mío era un infierno, un infierno dirigido por un particular diablo que se creía que lo mejor para dirigir equipos era la política del miedo y el terror.

Ese jefe que fue capaz de decir en la empresa que a mí me había dado un ataque de ansiedad porque el trabajo me había copado, ese señor que un día me dijo que no estaba bien que yo fuera cariñoso.

¿Define cariñoso?, le dije un día.

Le aclaré que gracias a mi cariño gente como Vanesa, o Pilar se quedaban horas y horas en el trabajo, sin cobrarlas y sin subida de sueldo. El problema es que a mí me querían y a él lo odiaban pero se lo merecía por comentarios tales como "desabróchate un botón de la blusa que vienen unos colaboradores". Ese señor nunca entendió que nosotros vendíamos seguros, no tetas.

El seguía preocupado por el tiempo que iba a estar de baja, así que le dije a Vanesa que le enviaría la baja por mail, mi trombo no me permitía escuchar su voz.

Todo eso mientras iba en un taxi recorriendo el corto camino desde Serrano hasta la calle Fúcar que era donde estaba mi ambulatorio.

No estaba mi médica de siempre, había sustituta, por cierto una niña muy eficiente y muy atenta que me recibió como si fuera un campeón.

Me animó, me motivó y encima me dio fuerzas para que luchara diciendo ese tópico típico de que lo peor había pasado, y es que estas palabras las empiezas a escuchar y, en repetidas ocasiones, y en distintas bocas.

Me dio la baja, bueno la baja, las confirmaciones de baja y la recontra-baja, y a mi pregunta de cuando podría empezar a trabajar, ella me miró y me dijo:

- Por el momento, eso no te debe preocupar y yo no soy adivina. Tranquilidad es lo que necesitas.

Estaba claro, esto iba para largo y así se lo comuniqué a la fiera de mi jefe que me respondió por mail con un escueto, OK.

Estaba claro, su madre sería una santa pero él era un mal nacido, en español, un hijo de puta.

Sin tiempo para cerrar el correo, en el móvil suena una llamada y en la pantalla, aparece un nombre, Isabel.

No estaba preparado para hablar con mi hermana, así que no le cogí el teléfono, además ahora venía el otro problema, ¿qué hace un post-embólico con tantas horas que tiene el día?

Dios mío, yo no estaba acostumbrado a tener ocio.

Como me dijeron que andara eso hice.

Dirigí mis pasos al Retiro, me encantaba el Retiro, sobre todo entrar al Parque por la puerta que hay enfrente del Casón del Buen Retiro.

Me senté en un banco viendo la majestuosidad de ese sitio, de ese entorno, bonito Madrid, sin ninguna duda.

Cogí móvil, y marqué número y puse cara de sonrisa.

- Isa mi amor, soy yo.
- ¿Dónde estas? ¿Qué pasa? ¿He llamado a tu trabajo y me dicen que estás de baja? ¿De baja de qué?
- Y, ¿para qué has llamado al trabajo?
- Pues hijo, te llamo antes y no me coges el teléfono, quería saber que tal en la Sierra.
- En la Sierra, genial hermana, genial.
- Y de baja, ¿qué? Anda que tú también caer de baja el día que te incorporas, tienes cojones.

Y creo que sí, tenía muchos cojones pero en esos momentos no sabía como usarlos. 

¿Cómo explicar a la persona que más quieres en este mundo que, en realidad, no has estado en la Sierra y que verdaderamente has estado 27 días ingresado por una embolia?

Le eché huevos.

- Isa, ¿estás sentada?
- Si claro, a las 11 de la mañana voy a estar sentada, querido, tu hermana curra.
- Pues bueno, te recomiendo que te sientes.
- Nene, ¿qué pasa?

La conexión que mi hermana y yo habíamos tenido en toda la vida resurgió como un trueno. Mi hermana era como mi madre, cuando me encontraba mal, siempre, siempre sonaba el teléfono, era siempre ella.

- Nena, primero estate tranquila, ¿vale?
- Suelta ya lo que me tengas que decir.
- El día 1 tuve una embolia.


A partir de esa palabra: embolia, sólo oí, gritos, llantos, gritos, sollozos, mucho “yo sabía que pasaba algo”, más de “”por qué no me has avisado”, algunos “te mato”, varios “estas locos”, “no me gusta lo que has hecho”..............

Sólo sentí que colgó.

Creo que lo agradecí, lo que menos me apetecía era dar explicaciones porque era posible que las explicaciones hicieran daño.

Respiré profundamente y dirigí mis pasos hacia el lago. Descubrí a un señor que tocaba el violín, me senté enfrente de él y me dí cuenta por primera vez que salvo algunos turistas de esos perdidos, sólo estábamos por la zona unos ancianos y yo..... ¡Qué triste¡ Fue la primera vez que me sentí un pelín inútil y con esto no estoy diciendo que los ancianos sean inútiles, es que me sentí como un jubilado más.

El sonido del violín se vio corrompido por el sonido de mi móvil, en pantalla de nuevo Isabel:

- Acabo de hablar con Rafa (Rafa era mi cuñado), ya viene a recogerme y nos vamos para allá.
- Vamos a ver Isabel porque no dejas que hable y te explique, ya estoy de alta, estoy bien, que vengáis es un lío, y aquí en definitiva, ya ha pasado lo gordo.
- Y ahora, ¿dónde estas que oigo un violín?
- En el Retiro.
- Pero madre mía deberías estar a reposo, ¿te ha quedado alguna parte paralizada?
- Isabel, ha sido una embolia pulmonar, no me mates aún.
- De fumar, eso de fumar... prepárate que no va a haber Castellana para que corras de las hostias que te voy a dar. Te dejo.

Y me dejó.

No colgué, me entró otra llamada, en pantalla Rafa, mi cuñado:

- Cuñado, ¿qué es eso de una embolia tio?
- Rafa espera que te cuente.
- ¡Qué me cuentes¡ Voy ya a casa a recoger a tu hermana que nos vamos para allá.....

Le conté y me entendió.

Eran las doce, estaba en el Lago del Parque del Retiro y mi hermana con mi cuñado y su coche venían a Madrid a auxiliar a su hermano convaleciente.

¿Qué hacer?

Ir para casa, pero tranquilamente; me lo tomé con una parsimonia total.

Paré en la Puerta del Jardín Botánico porque mi vecina Mari estaba con su libro y con su plante en su sitio de siempre. Mari era una solterona empedernida que vivía en mi mismo bloque y con la que congenié enseguida, sobre todo, en las horas de café y con nuestras charlas arreglando el mundo. Ella siempre me decía que si me hubiera conocido con 15 años menos me hubiera pegado un polvo. Nunca me quedó claro si esos quince años menos eran para mí o para ella.

Me cayó otra bronca y no lo entendía porque para mis adentros lo que hice, lo hice porque lo hice. Es curioso pero, por norma general, los seres humanos siempre nos quejamos de lo que podíamos haber hecho, sin considerar que a lo mejor no era necesario hacerlo.

Mientras en el reloj; la una, un día muy largo. Mari se vino conmigo de vuelta a casa porque quería que comiera con ella, cocido que me encantaba... ahora qué cocido en Julio era la comida menos apropiada.

Llegamos a la una y media a casa. Yo vivía en el bajo y ella en el ático y ni pasé por mi hogar, me subí directo.

Sonó el móvil de nuevo, los viajantes ya iban por Albacete, así que para atenuar la bronca le pedí a la Isa que comprara Miguelitos en la Roda y, así comían algo.

Eso me daba una tregua.

Lo de comerme el cocido fue una odisea porque en pleno Julio y con los vapores llegaron los sudores pero me sentó de perlas.

Mari me dijo que me echara en el sofá pero preferí bajar a casa para esperar a esa familia que venía a ver al enfermo.

Allí ahora en mi casa, sentado en mi sofá rojo, con el silencio que caracterizaba a la calle San Pedro que era donde vivía, se me empezaron a acumular muchas imágenes, imágenes en la que mi familia era la protagonista.

No pude reprimir el instinto de echar de menos a mi madre, ella había fallecido dos meses antes de lo mío. Creo que agradecí eso, así como suena, no creo que hubiera soportado que mi madre me viera en esa situación.

Vi a mi hermano y su eterna ausencia, su eterna parsimonia y su vano e infructuoso deseo de convertirse en el cabeza de familia desde que mi padre falleció, un fracaso, como toda su vida.

Vi a mis amigas Prado, Belén y Sonia no matarse nada por mí, cuando se enteraron de mi convalecencia, su absoluta frialdad y mi gran decepción.

Y vi muchas realidades que me suponía pero que no quería aceptar.

La madre enfermera una noche en el Hospital, me dijo eso, eso que sabía y que no quería escuchar eso que me jodía que me dijeran, eso de que soy un sumiso, un puto sumiso a modo de marioneta, movido cada vez por los hilos de todo aquel que le apetecía.

Pero bueno, mi filosofía era la de “yo no follo pero no jodo”, y sentía en mis carnes como muchos y muchas me habían jodido, vamos me la habían metido, sin goma y sin vaselina. Hubiera preferido que me hubieran follado, al menos gozas.

Ese maravilloso panorama se vio turbado de nuevo por un ruido, el del timbre. 

Miré el reloj y era imposible que mi cuñado hubiera recorrido 400 km en tan poco tiempo incluso habiendo parado para comer y comprar Miguelitos.

- ¿Quién?, dije por el interfono.
- Soy yo hijo, cariño.....

Mi hermana, llorando. Cuando mi hermana lloraba era como mi madre, era un llanto tan profundo y tan desgarrador que te hacía temblar. Dí al portero automático y abrí la puerta de casa, al fondo; ella, mi hermana, llorando, y con toda la cara manchada de negro porque el rimmel se le había corrido.

Andamos uno hacia el otro por el rellano de esa escalera y nos fundimos en un abrazo. No me dijo nada, sólo me abrazaba con un abrazo con el que sentí vida. De vez en cuando, me apartaba, me acariciaba la cara, me besaba. En un momento de disociación mental, hasta creí que era mi mamá la que estaba con su hijo, esa mamá que perdí sin poderme despedir de ella.

Se apagó la luz de la escalera y en ese momento fue mi cuñado el que rompió el encanto de esa escena cuando con todo su “papo” dice:

- Joder cuñado, pues la embolia te ha sentado de puta madre.

Ese era mi cuñado, el eterno metepata, pero gracioso. De los típicos tíos feos pero que con la boca cerrada hasta parecen guapos.

Era cierto, y a partir de ahí esa frase también la empecé a oír mucho. Cada vez que decía que me había dado una embolia, todos decían que me veían muy bien.

Es por ello que desde entonces recomiendo que nada de bottox, ni regímenes de adelgazamiento, ni operaciones de estética, no; un TEP, un tromboembolismo pulmonar es lo ideal.

Después de la escena lacrimógena de la escalera entramos en casa. Ella me agarraba de la mano y nos sentamos en el sofá. Me acarició de nuevo la cara y me dijo:

- Tranquilo ya estoy aquí para cuidarte.

¿Cuidarme?, por Dios me sonó como una losa.

Tenía que tomarme el Sintrom. Así que le tuve que explicar que era eso, para que servía esa medicina.

Como siempre en esos 28 días de toma de Sintrom, a la media de hora de caer en mi estómago tuve que ir al aseo, el dolor y la hemorragía eran mis efectos secundarios.

El cuarto de hora que estuve en el aseo estuvo acompañado con un ¿Estas bien? de mi hermana cada 30 segundos.

Oculté la hemorragía y la disfracé con diarrea.

Ya cuando salí del aseo, ambos dos se habían hecho amos de la parte de arriba de mi casa que ubicaba la habitación. Yo volví a sentarme en el sofá rojo mientras la Isa desde arriba, me planificaba mi post-operatorio. Ella empezó a dominar la situación, mandaba a mi cuñado cómo deshacer la maleta, mandaba a mi cuñado que tenía que ir a comprar, mientras llamaba por el móvil a mis sobrinos para decirles que ya habían llegado. 

Mi hermana es el único animal que puede hacer cinco cosas a la vez.

Y entonces fue cuando dijo:

- Me pongo cómoda y me cuentas todo mientras Rafa va a comprar comida, ahora tienes que comer sano.

Era conveniente entonces que me relajara, era conveniente que yo también me pusiera cómodo pero también era conveniente que merendara. 

Merienda rápida, descafeinado y unas galletas.


2 comentarios:

  1. Sinceramente, no se qué hubiese hecho yo en tu situación... Lejos de mi familia e ingresada... Sí, quizá también lo hubiese ocultado con tal de no preocupar a nadie. Pero mi familia es tan pequeñita y estamos tan unidas, que no concebimos estar sin saber unas de otras al menos cada semana. Pero te entiendo. Fue tu decisión y, aunque dolorosa a posteriori para tu hermana y la gente que te quiere, tenías tus razones. La decepción de los amigos, por desgracia, aunque inesperada, es más normal de lo que crees. Te lo dice alguien que lo ha vivido en primera persona, pero han llegado a mi vida cariños y lealtades nuevas que me llenan de un modo increíble. A veces una situación como la tuya sirve para limpiar la vida de elementos más o menos tóxicos.

    Y también entiendo la reacción de tu hermana... la mía me hubiese montado un pollo del quince y hubiese hecho lo mismo que Isabel: plantarse en mi casa y tomar el mando con la decisión con que suele hacerlo todo. Somos afortunados, al final, aunque en ciertos momentos las querramos a mil kilómetros de distancia.

    Gracias por esta nueva entrega. No se si tendré paciencia para esperar las demás.

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  2. Es tan fácil meter el cuezo!, las buenas intenciones con las que intentamos empatizar con alguien que pasa por una experiencia tan dura suelen salir desastrosas, es imposible ponerte en el lugar del que sufre, imposible comprender sus sentimientos a menos que los hayamos experimentado en carne propia. Y eso no suele ser el caso.

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